Carta a Yamil

Yamil. Son las 6:13 am. Me he despertado, en realidad, hace un par de horas. Me he sentado frente a este PC que debe estar harta que la joda todo el día. He pensando en tí. Te he extrañado. He sentido que un malentendido ha arruinado nuestra amistad y por eso quiero escribirte, porque se que si lo hago a tu correo personal o al correo del canal no me responderás. Por eso lo hago aqui, donde estoy seguro es más probable que lo leas.
Te mando muchos cariños en tu cumpleaños. Aun recuerdo cuando nos juntábamos y planeábamos formas de cambiar el mundo. ¿Lo leiste? Te envié ese mensaje de texto el día de tu santo, harto que no respondieras el teléfono y terco, como siempre, con muchas ganas de verte, de abrazarte y de que aguantes todas mis tonterías (y de comer chifa cerca al canal también).
Me han contado que te estás encargando de la producción del programa de viajes. Debes estar viajando un montón. A mi me encantaría -si es que te parece- acompañarte en una de tus travesías y hacer algunas notas para mi página. No creo que haya problema. En el canal me tienen cierta estima, y sería una buena excusa para conversar largo y seguido al menos durante el trayecto (porque ya en la locación te dejaría trabajar tranquila, y te filmaría con mucho cariño mientras asistes al conductor con apellido de rey de la selva, pero con fama de pirata).
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El discreto encanto de la soledad

Tengo hambre y estoy un poco harto de la computadora. Salgo a la calle con dirección a mi chifa favorito, que, vaya fortuna, queda a solo unos pasos de mi casa. Entro al restaurante. Me saluda Eddie, el mesero. No tengo que hacerle ningún pedido pues hace más de dos años pido exactamente el mismo plato: Tipakay con wantán frito.
Eddie se acerca y me alcanza el vaso de chicha morada que viene incluido con el plato. Hasta ahora no entiendo porque insiste en traerme chicha si, hace rato, se ha dado cuenta que no la tomo. A mi me gusta tomar agua. Todo el día tomo agua. A donde voy me acompaña mi botella San Luis de dos litros y de esa manera nunca tengo sed.
Le pregunto a Eddie si han comprado El Comercio. El de ayer tenemos, responde, hoy hemos comprado El popular, y en cuestión de segundos tengo la revista Somos del día anterior y una edición fresquita del conocido diario chicha. Leo ambas publicaciones con igual atención. Siento que aprendo algo de ambas. En general, cada vez que leo algo -cualquier cosa- siento que aprendo algo nuevo, y eso es divertido.
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Azarosos momentos de felicidad

I
Charlotte es dueña de una pequeña sala de cine. En realidad, sus padres son los propietarios y le han encargado la administración a Charlotte, a pesar que ella no quiere -ni puede- llevar sola todo el peso de la empresa familiar. Eso a mi no me importa. A Charlotte tampoco. Mi único interés está específicamente centrado en pasar momentos lindos con ella, con quien puedo jugar y sentirme niño nuevamente.
Charlotte está tirada en el piso de esta acogedora sala, defendiéndose de un ser malvado que trata, a como de lugar, de jalarle el calzón escondido debajo de aquellos holgados jeans.
Por momentos, Charlotte y yo somos como esos personajes de lucha libre, que, en el piso, se abrazan, se estrujan, miden sus fuerzas en tensos momentos de angustia por declararse, cada uno, ganador de la batalla. Charlotte me jala el pelo. Yo grito. En medio de mi alarido, aprovecha para hacerme cosquillas en la barriga. Yo la suelto lleno de carcajadas. Se coloca encima mío, cual amante a punto de dominar el acto sexual, y, entre cosquillas y forcejeos, logra introducir su mano en mi pantalón y me jala el canzoncillo hasta que realmente duele. Charlotte, ya para, porque duele, le digo, entre risas y llantos infantiles.
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Sofía e Isabel

Sofía ha abandonado nuestra habitación. Es decir, nuestra ex-habitación. No vivimos juntos hace más de un año y ha pasado aproximadamente la misma cantidad de tiempo desde que Isabel, nuestra hija, se lleva consigo una imagen intermitente, distante, casi anecdótica de quien viene a ser su padre.
Caminamos los tres de la mano -Isabel al medio- por las calles de Barranco, y no puedo evitar toparme con retazos de mi pasado distribuídos ordenádamente por todos aquellos recovecos y esquinitas que forman uno de los distritos más bonitos de esta ciudad, de la que, a veces, suelo renegar tanto.
Sofía está molesta conmigo, pero Isabel no lo nota. Ayer soñé que dormíamos juntos, y se sentía muy bonito, le digo, pero ella no escucha, o se hace la que no escucha o simplemente no quiere escuchar.
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Doménica y el parque

Me gusta tu nombre, le digo a Doménica. Gracias, me devuelve una sonrisa tierna, y no puedo dejar de sonreirle a esta niña tan bella de nombre tan bonito. Doménica me ha llevado a uno de sus parques favoritos y nos hemos echado, panza arriba, en un sector del pasto que parece haber sido extraído del parque de los Telettubies.
Hace semanas no me sentía tan cómodo, le digo, mientras me estiro encima de la grama humeda y miro, atento, al cielo. Doménica, mira las nubes, no se mueven, le digo asombrado, y ella sí se mueven, dame la mano, quédate mirando un rato y concéntrate. Entonces yo, acatando sin dubitar las órdenes de Doménica, me relajo, y poso mi mirada atenta sobre las nubes.
La escena no podría ser más linda. Alucino un momento, pues quedarme pegado a las nubes me relaja de un modo casi alucinatorio, y me veo a mi y a Doménica desde arriba, desde lo alto de un helicóptero, y parece Eternal sunshine of the spotless mind, pero en lugar de nieve nos rodea verde, mucho pasto verde y plantitas de todos los colores y sabores.
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Los infantes que se aman

Estaba en el aeropuerto de Miami, esperando abordar el vuelo de regreso a Lima. Decidí sentarme en el piso, apoyado en mi mochila y mi maleta de mano. En eso, una bonita chica se agacha muy cerca a mi y empieza a buscar algo dentro de su equipaje, que, por una distracción mía, estaba siendo sutilmente presionado por mi brazo derecho. La miré. Me miró. Le sonreí. Me sonrió. Luego de algunos segundos, e inspirado en mi curiosidad
profesional, le pregunté por qué tenía un lapiz color amarillo en la mano. Sin esperar tremenda conchudez de mi parte, se tomó unos segundos para reaccionar amigablemente y me contó que lo usaba para amarrarse el pelo.
De pronto, me retira la mirada y dirige toda su atención hacia una linda bebé, de unos 3 años, que estaba frente a nosotros. Era una niñita rubia, de mejillas pálidas y ojos claros, hija de una amiga suya, también rubia, que estaba sentada a algunos asientos de distancia.
La infante era una maquina de hiperactividad: corría, reía, saltaba. Era como el perfecto antídoto para todos nosotros, aburridos miembros de una sala de embarque, desesperados por el momento en que uno de esos empleados de aerolinea nos anunciara, con su español masticado, que el vuelo estaba listo para salir.
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Mi amiga Lizzy
Quiero que me tomes de la mano y no me dejes nunca.
Eso es lo que pienso mientras Lizzy me lleva, con su sonrisa de niña buena, a caminar por el Jirón Quilca, con dirección al Teatro Colón, aquel obligado ex-centro de reunión para amantes del porno, pajeros y curiosos, lugar al que, lamentablemente, nunca asistí.
No puedo creer que nunca hayas venido al Cine Colón, me dice Lizzy, y yo pienso no me importa nunca haber venido aquí, me importa que ahora me estás llevando tú, pero no se lo digo, porque no quiero incomodarla con mi cariño o con palabras que verbalicen algo que el contaminado ambiente del centro de la ciudad ya alberga: el inmenso aprecio que tengo por ella.
Que gracioso conocerte, dice Lizzy, y recuerda aquel día soleado -no hace mucho- en que salimos a conversar frente a mi inquieta cámara. Me gustó mucho la entrevista, comenta alegre y, una vez más, pienso qué simpático es que todos crean que yo hago “entrevistas” cuando, en realidad, son simples conversaciones ante una cámara casera. Más gracioso es conocerte a tí, le respondo educado y, otra vez, nos miramos fijamente sonriendo sin nada que decir, y aunque el invierno de Lima no es tan extremo, yo decido romper el hielo creado por razones presuntamente extra-climáticas diciendo que lindo es conocerte, Lizzy, la abrazo calientito y la llevo a uno de mis bares favoritos.
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El proyeccionista y la boletera
Durante tres años Fidel y Alicia siempre estuvieron a mi lado. Es más, una de las cosas que me apenó mucho cuando, no me quedaba otra, renuncié al cargo que desempeñaba en una bonita sala de la ciudad fue justamente eso: que ya no vería a Fidel y Alicia todos los días.
Fidel se hizo proyeccionista como cualquier buen peruano recursero: a la fuerza. Hijo del jardinero de los propietarios, llegó a la sala sabiendo -únicamente- como poner play al reproductor DVD, pero poco después se hizo un experto de mi total admiración.
Me decía “pituquito” de cariño, y cada vez que llegaba al lugar con un buen número de películas yo sabía que, luego de revisarlas al detalle, me pediría prestado algun título con altas cantidades de ketchup (”porque a mi mamá le gustan las pelas sangrientas”) o alguna de características alucinadas (”ta que, esta pela es la cagada”). Yo, conmovido y emocionado por su interés, le prestaba todas las que quisiera, siempre y cuando las devolviera al mismo lugar y, sobre todo, en las mismas condiciones, cosa que muy pocas veces hacía.
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Simón dice: “Necesito un boleto Buenos Aires-Polvos Azules-Buenos Aires”
Estoy incómodo. Detesto los asientos de avión y -sobre todo- detesto sentarme en el medio, con un pasajero a cada lado. Lo bueno es que, a mi derecha, está sentado Simón. Lo malo es que pronto empezará a odiarme, secretamente, por mis constantes visitas a ese espacio de ridículas dimensiones que en los aviones se atreven a llamar “baño”.
Simón me aconseja que deje de pensar en Florencia, una bonarense de la que me enamoré a escondidas durante el Festival. Me regala una sonrisa y me recuerda que solo faltan cinco horas para llegar a “la capital cinéfila de Sudamérica”, que es como él llama a Lima. Yo le devuelvo la sonrisa, reitero mi declaración de amor, y le pregunto qué dirían los críticos de cine argentinos -que lo odian- acerca de Simón declarando capital cinéfila a mi querida Lima Limón. Él, sereno como siempre, hace una mueca de resignación, mira para un costado, y me canta un pedacito de un tema del grupo reggaetonero Calle 13 (que le encanta): “No guardo rencor, eso es cosa de necios. A todos mis enemigos les tengo un largo aprecio“, y echamos nuevamente a reir.
Y es que es contradictorio que Simón quiera venir a Lima cuando, más bien, muchos limeños-cinéfilos-renombrados quieren irse a Buenos Aires o, en buena gana, a cualquier lugar donde haya una “mayor oferta cinematográfica”. Él no lo entiende. Claro, en su país hay importantes festivales de cine, muchas salas alternativas y, en general, bastante actividad relacionada al cine “de arte”, pero él no quiere estar todo el día encerrado en una sala de cine ni, mucho menos, tramitar viajes entre museos y cineclubes para visionar, probablemente apresurado y de manera incompleta, selectos ciclos de cine. Además estudia, trabaja y tiene una preciosa novia, así que ocupa su tiempo en muchas cosas.
