Mi amiga Lizzy

Cine, Ciudad, Primera temporada September 6th, 2007

Quiero que me tomes de la mano y no me dejes nunca.

Eso es lo que pienso mientras Lizzy me lleva, con su sonrisa de niña buena, a caminar por el Jirón Quilca, con dirección al Teatro Colón, aquel obligado ex-centro de reunión para amantes del porno, pajeros y curiosos, lugar al que, lamentablemente, nunca asistí.

No puedo creer que nunca hayas venido al Cine Colón, me dice Lizzy, y yo pienso no me importa nunca haber venido aquí, me importa que ahora me estás llevando tú, pero no se lo digo, porque no quiero incomodarla con mi cariño o con palabras que verbalicen algo que el contaminado ambiente del centro de la ciudad ya alberga: el inmenso aprecio que tengo por ella.

Que gracioso conocerte, dice Lizzy, y recuerda aquel día soleado -no hace mucho- en que salimos a conversar frente a mi inquieta cámara. Me gustó mucho la entrevista, comenta alegre y, una vez más, pienso qué simpático es que todos crean que yo hago “entrevistas” cuando, en realidad, son simples conversaciones ante una cámara casera. Más gracioso es conocerte a tí, le respondo educado y, otra vez, nos miramos fijamente sonriendo sin nada que decir, y aunque el invierno de Lima no es tan extremo, yo decido romper el hielo creado por razones presuntamente extra-climáticas diciendo que lindo es conocerte, Lizzy, la abrazo calientito y la llevo a uno de mis bares favoritos.

Ya en el bar, y luego de algunas cervezas que rompen con su timidez -y con el profundo estado de relajamiento en el que me encuentro debido a la ternura que ella provoca en mí- saco un billete de mi bolsillo y lo dejo encima de la barra, agradeciendo con una sonrisa amistosa al amable caballero que parece haber trabajado en aquel establecimiento desde muy joven. Cojo a Lizzy del brazo, cual marido y mujer practicando para un improbable casamiento, y empiezo a correr en medio de Quilca, esquivando aquellos apestosos charcos de agua que se forman en los huecos de las pistas y siendo el probable objeto de burla de libreros, punkekes y bohemios regados por aquella mítica cuadra.

Ingresamos a El Averno, invitados por Victor, el encargado, que nos anuncia que están presentando cortos de animación. Al ingresar a aquella improvisada salita de proyección, caemos en cuenta que va a comenzar Vincent, el clásico corto de Tim Burton. Rápidamente tomamos asiento en esas vetustas bancas que pertenecen tanto a este espacio contracultural y, un segundo antes que empiece Vincent, tomo a Lizzy de la mano y no la suelto, y ella no me suelta, durante los seis minutos que dura el cortometraje.

Acabado Vincent y próximos a visionar un corto alemán -y quién sabe, inspirado en la cerveza y la alegría de estar con Lizzy en ese momento- empiezo a imitar, con bastante exito y exclusivamente para su oído, la voz de Vincent Price. Ella ríe, yo sigo con mi tonta broma, y en el preciso momento que ya es un poco obvio que estamos siendo una molestia para los demás espectadores, que hacen un total de tres personas, decidimos retirarnos.

Mientras salimos nuevamente a Quilca yo pienso que lindo, Lizzy, nuestra primera salida al cine fue nuestra tercera vez juntos y hemos visto Vincent en El Averno y he imitado la voz del narrador en tu oído y como me hubiese gustado que el corto durase dos horas y media para tener una buena excusa de estar más cerca a ti, pero no le digo nada y simplemente suelto una pequeña carcajada de felicidad. ¿Te has dado cuenta que nuestra primera salida al cine ha ocurrido en nuestra tercera vez juntos?, dice Lizzy, y antes que yo pueda completar la frase, ella ¡Y ha sido en El Averno!, me dice emocionada. Ahora ruego que mencione algo acerca de la duración de la película, pero no lo hace, aunque estoy seguro que lo piensa. Me hubiese gustado que te quedes cerca a mí un ratito más, piensa.

Caminamos hacia Wilson para tomar la 73 -fue realmente acertado no venir al centro en su carro nuevo- la tomo de la mano y le pregunto si quiere venir a mi casa para ver Garden State, una de mis películas favoritas. A mí también me encanta esa cinta, la vería mil veces, dice Lizzy. Suelto su mano porque lo que estoy a punto de decir puede sonar un poco meloso, y no quiero ser doblemente meloso o romántico en exceso, y me mando: a mí me gusta mucho esa película porque no voy a olvidar nunca la parte donde los dos están en la tina, y él le dice a ella When I’m with you I feel so safe…like I’m home. Entonces espero que Lizzy responda algo en esos microsegundos de silencio que parecen eternidades, pero no dice nada o, al menos, aún no va a decir nada.

Volteo a verla y me mira sonriente, encantada. Quiero que me tomes de la mano y no me dejes nunca, me dice, y yo le cojo la mano calientita, nos vamos caminando por la Av. Wilson y me siento todo un galán con mi frase pirateada.

5 Responses to “Mi amiga Lizzy”

  1. blue dreamer Says:

    tenias su lado feeling jajaja. Vas bien con tus relatos, siguele asi.

  2. Real Lizzy Says:

    No sabía que era yo, mi amigo Luis Carlos. Cualquiera me avisa.

  3. susan Says:

    La manera q’ narras la historia es muy interesante. No me podria imaginar a un hombre tan tierno como este autor. Me parece q’ el escritor cumple su trabajo muy bien, el de comunicar y connect con el reader.sus ideas son muy claras.
    me encanta este web. bye yours Tuti=)

  4. KikeX Says:

    ah, el amor, la melcocha, la casualidad.

  5. Domeniel... Says:

    he pensado muchas veces que dificil es concoer al alguien, sin embargo veo que s ete hace a ti muy facil conocer gentem muy interesante este relato, sigue adelante entretienes y gustas mucho!

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