Caminatas en la avenida

Osito

Tengo ganas de caminar. Pienso sería una buena idea pisar todas esas calles que transito diariamente trepado en una combi. Suena hasta cautivante. Decido dejar mi ipod en casa. He pasado casi todo el dia frente a la PC y extraño el sonido de la avenida y mis zapatillas arrastrándose en el cemento de la vereda.

Lo primero que noto, inevitablemente, es el sonido que emite la ciudad (y que casi siempre me pierdo por estar escuchando música). Empiezo a agarrarle fascinación a eso de meterme por algunos microsegundos en las conversaciones de las personas que pasan a mi lado. Anoto mentalmente algunas cosas que escucho con el único propósito de, más tarde, escribir sobre ellas, distorsionarlas, modificarlas, hacerlas mis historias.

Llego a la avenida con el propósito de encontrar algo para comer. Ni siquiera tengo hambre. A veces me gusta matar el tiempo comiendo. Siento que entro a un restaurante y todavía puedo sentarme solo, que me gusta husmear entre esa larga carta para escoger siempre, o casi siempre, el mismo plato; que disfruto pidiendo una Inca Kola que sé me engordará más; que me agrada tratar bien al mesero que la mayoría de mierdas de esta ciudad tratan hasta el culo; que me fascina tener un periódico o una revista en mano y leerla con atención mientras como y que puedo ser extremadamente feliz si encuentro una perfecta posición en la que pueda leer cómodo y comer al mismo tiempo sin botar comida fuera del plato.

Paso al lado de un establecimiento de sanguches peruanos, que no deseo. Encuentro el Dunkin Donuts en la esquina. El KFC y el Pizza Hut me atacan juntos, pero, en eso, una señora detrás mío empieza a preguntar por la iglesia del barrio, y nadie la da razón. Volteo y le aviso que es la próxima cuadra a la izquierda. Me agradece. En ese momento pienso que aquella comunicación hubiese resultado imposible si tuviera enchufado al Ipod a mi cerebro. Es extraño. Ahora, durante esta larga cuadra que yo sobrepasaré pero que la señora solo conocerá hasta la esquina, siento una presencia detrás mío. Es la señora que ha preguntado por la iglesia. Sobreparo, hago el ademán de amarrarme el zapato. Dejo que la señora camine adelante y la veo voltear a la izquierda. Me levanto. Me cruzo con un chico en bicicleta. Es alguien que siempre saludo, pero no sé su nombre. Se quita los audífonos -porque el decidió salir con Ipod, no sabe lo que se está perdiendo- y me pregunta cuándo sale la entrevista que le hice a su hermano. Yo no sé qué responder. Ni siquiera sé quién es él y, mucho menos, puedo decirle cuando publicaré una entrevista de su hermano. El chico nota mi incomodidad, me dice no, solo preguntaba y me sonríe. Yo, tratando, como siempre, de romper el hielo y de ser amable, quiero decirle en tono de broma que se está perdiendo la increible sinfonía de la ciudad por estar enganchado al Ipod, pero antes que pueda comunicarselo se pone los audífonos y me estrecha la mano para seguir su rumbo. Jódete, pues, ya no te digo lo que te estás perdiendo, pienso reilón.

Llego al colegio en el que estudié quinto de media. Antes era una casa, ahora lo han hecho edificio. ¿Por qué las casas no se pueden quedar casas y los edicios quedarse edificios? Sigo y paso junto al parque donde mis compañeros de colegio, jóvenes, rebeldes, fumones, se reunían después de clase para meterse un huiro (o varios, según sea el caso, los ánimos o la cantidad de pastrulos). Recuerdo que en ese parque fumé por primera vez marihuana. Me reí. Me alegré de no ser actualmente un fumón.

Cruzo la pista -me quedo un buen rato esperando que los autos de la avenida se detengan- y entro al Bembos. Hay demasiada gente y demasiado ruido. No es la idea que tengo de sinfonía de ciudad. Rápidamente decido abandonar el lugar. Un chico, que trapea el establecimiento, corre a abrirme la puerta antes que yo me atreva a empujarla. Muchas gracias, le digo, y sonrío. Si las personas se dieran cuenta del poder de un muchas gracias mezclado con una sonrisa este lugar que pisamos diariamente sería más bonito. No voy a decir viviríamos en un mundo mejor porque suena demasiado huachafo. Tampoco, tampoco. El mundo está ya bastante jodido como para que cambie gracias a una repentina campaña de amabilidad de sus habitantes (campaña que, por supuesto, jamás se realizará).

Entro a McDonalds, aquel terrible restaurante de comida rápida que vende hamburguesas a dos soles cincuenta. Pido dos. Me lleno al toque. Mi teléfono suena. Es mi amiga. Me llama para conversar, para ponernos al día.

Salgo de la casa de Ronald McDonald, cruzo la pista y tomo una combi a china. China hasta el grifo, le digo al cobrador, que en una limeñísima costumbre viaja con las tres cuartas partes del cuerpo afuera. La combi tiene una luz neón color azul que me marea un poco y, además, voy parado, porque anda llena. Es decir, estoy trepado en una versión de la combi que detesto.

Bajo en el grifo. Cruzo la pista. Se siente rico respirar un ratito y con atención en medio de la avenida. Toco el timbre de mi amiga y me abren en cuestión de segundos. Está en su cuarto, me dice la chica que trabaja en su casa. Subo las escaleras. Abro su puerta. Está echada en su cama viendo tele. Tiene un osito de peluche que abraza.

10 Responses to “Caminatas en la avenida”

  1. manuel Says:

    bastante fluido e interesante mmmm espero q revises el mio

  2. satelliteoflove Says:

    aun quedan estetas sueltos por esta ciudad. la pregunta es, donde michi estan? la verdad me aburro como la pintura de las paredes.

    Estoy totalmente de acuerdo respecto a eso de la amabilidad. trabajo en un sitio en donde atiendo publico todo el rato, siempre es bueno recibir una sonrisa de agradecimiento en esas horas de trabajo, una sonrisa de una niña, una anciana reconfortada. Para mi es una recompensa.

  3. Armando Says:

    Es verdad eso de la “sinfonia con la ciudad” , yo la gozo dia a dia , aunque en verdad Lima es mas chevere q aqui , especialmente las combis y las gente hablando , fuera d eso las comidas rapidas son una mierda …

  4. luis Says:

    gracias…me cambiaste el humor

  5. Sabor amargo Says:

    Manya interesante la historia, saludos- SABOR AMARGO.

  6. LC Says:

    2. satelliteoflove: es que, en verdad, la gente hasta ahora no entiendo lo mucho que una sonrisa puede cambiar/mejorar una situación

    3. Armando: a diferencia de muchos que reniegan sobre las combis, yo las amo, con sus virtudes y sus defectos. es decir, es un amor verdadero, ja.

    LC

  7. Lifexperiments Says:

    n_n’ Bueno, el mundo no cambia; pero siempre es bueno decir “gracias”.

    º-º Interesante narración…. [y al final, me di cuenta porque la foto del peluche]

  8. JOrge Castro UrioL Says:

    Es verdad, no sabes como puede cambiar a un giro de 180º un sonrisa…. no necesariamente con un gracias incluido.. sino tan solo una simple y sincera sonrisa del alma, si todas las personas nos trataramos como personas y no como objetos inanimados,torpes y ajenos a nuestra vida que nos cruzamos por la calle y que regularmente topamos con los hombros misma calle del WallStreet, el mundo sería un lugar mas habitable y placentero para vivir…… Saludos LC.

  9. elias j Says:

    la verdad al leer esto he comprobado que adolesco de una pereza mental increible. por ejemplo, ese detallito de cortesía, aca en mi planeta Piura es tan comun q incluso se extiende al “”buenos días”" y sus consecutivos o simplemente “”buenas”" a cualquier persona mayor. Y la cuestion fue q se me pego cuando vivia en Talara. Ya ahi sí era demasiado. A mi “buenas” correspondía un “Buenos días de dios” y yo siempre reia para mis adentros.

    Ahora lo extraño. La ciudad pareciera comerse el lado humano. Debe ser por eso q me cuesta tanto regresar a Lima.

    Ahh, y lo del Ipod es cierto. Tengo un mp4 y hace casi un mes q no lo escucho, como q te saca de la realidad, acentua mi pereza mental. Debe ser tb que ahorita nada de mi musica me gusta

  10. Sick Says:

    eso de dar las gracias y sonrie es lo mejor aunque no lo creas a muchos nos anima n_n

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